A una semana de la catástrofe natural que arrasó cada terruño de tierra japonesa, es preciso reflexionar sobre lo que queda cuando las aguas del tsunami se retiran, las heridas que el sismo provocó en la tierra comienzan a cicatrizar y todo se encamina a volver a la normalidad, ese lugar común en el que estamos acostumbrados a descansar y del que nos vemos expulsados en cada oportunidad en la que Gaia nos dice que algo está mal.
Desde este lado del mundo quizas, el desastre se nos hace ajeno, lejano, exótico y hasta cinematográfico. Pensamos en las consecuencias futuras, ignorando los causas pasadas. y malinterpretando el caotico presente.Focalizamos nuestra atención en la crisis nuclear, y no vislumbramos la crisis moral, que en un carril paralelo, extingue almas radiactivas. Es verdad, moral y naturaleza no son conceptos facilmente asimilables, y hasta suenan un poco confusos si los combinamos, pero es valida la propuesta si es que pretendemos aprender de las tragedias. En las siguientes lineas no hago más que presentar una visión complementaria acerca de lo sucedido, un guiño orientador que intenta explicar la templanza y la fortaleza del pueblo japones frente a este tipo de situaciones.


