Lunes, y debo reconocer que comencé la semana un tanto intolerante. Esas irrupciones o "pequeñas crisis" de mal humor mensuales, una especie de síndrome premenstrual ficticio ( dado que la realidad biológica a la que claramente estoy subordinado hace imposible que sea real ) al que se ven sometidos mis convincentes, victimas de mis insultos, reclamos y chisporroteos inmorales.
En fin, la mera introducción no viene al caso, ya que es otra la excusa de este espacio. Simplemente quería compartir una pequeña historia, que en relato purpura llegó a mis oídos y que en clave de moraleja nos alecciona sobre la invertebrada inconformidad que padecen algunos compañeros de especie:
Cuentan los ancianos que en un pueblo perdido en la estepa rusa habitaba un hombre que se hacia llamar Nasrudín. Este señor, entregado a las artes del trabajo de la tierra y cuidado de su jardín, había logrado, en épocas de hambruna y escasez, cultivar enormes zapallos. Emocionado por su buena fortuna y en un gesto de generosidad, se propuso regalarle parte de su cosecha al Zar. Su vecino, contrariado por la buena fortuna de Nasrudín, vio con malos ojos dicha muestra de generosidad, y enfermo de envidia, emprendió la vil tarea de frustrar las buenas intenciones del campesino. "- El Zar preferirá higos en esta época del año, son su debilidad" ( sabiendo el profundo asco que este fruto generaba en el Zar ), le dijo a Nasrudín en la mañana en la que este cosechaba los zapallos destinados al soberano.
